Muchas veces nos dedicamos a vivir la vida en modo avión sin darnos cuenta.
Durante estas últimas semanas me he sentado a reflexionar sobre lo poco que me ha costado trabajo hacer las cosas por inercia, desde el momento en que me despierto por las mañanas hasta casi las últimas horas del día. He hecho parte de mi rutina estar pasando de página en página, viendo y guardando inspiraciones para esos proyectos que, según yo, algún día voy a realizar.
Inconscientemente, lo primero que hago al despertar es mirar mi reloj y automáticamente ponerme en pie y tomar el móvil para revisar notificaciones, enviar mensajes de buenos días y, alguna que otra vez, revisar qué ha pasado por mi página.
Estoy tan inmersa en esto que muchas veces no me entero de si ya me he tomado la pastilla de la mañana, o si hice algo más. Cuando finalmente logro soltar el móvil, me doy cuenta de que han pasado horas, que ya hay platos pendientes de ser lavados, la cama ya está tendida y tengo todo en orden para empezar a estudiar o lo que sea que tenga programado para ese día.
Es tan fácil entrar en un círculo vicioso, crear hábitos, pero sobre todo negativos.
A veces siento que me pierdo mucho de lo que sucede a mi alrededor, aunque existan días en que me dedico unas horas a estar tranquila, tomarme un café en un lugar nuevo; al final termino de nuevo en ese inicio que pienso que no está del todo bien.
Construimos alrededor de situaciones, pero a veces esas edificaciones que realizamos siento que resultan siendo algo nocivas.
Muchas veces me he dedicado a replantearme las conexiones emocionales que tengo, pues algunas creo que no me aportan nada positivo, que incluso me cargo más de lo que debería, haciendo que las personas importantes de mi entorno también se carguen.
Lo dicho, estamos tan en automático que esto ya no se hace conscientemente.
Muchas veces, al estar tan cargados de todo, sin un punto donde soltar, terminamos estallando por lo menos importante y contra la persona que menos lo merecía.
Todo habla de optimizar, aceptarnos, querernos, cuidar a los demás, “cuídate a ti misma”, “aléjate de…”, pero ¿por qué es tan difícil para mí?
Te aseguro, tengo decenas de libros que me hablan de “cómo soltar”, “cambiar hábitos”, “son heridas”, “autoestima automática” y sí, todo se lee muy bonito y lo que tú quieras.
Pero a la hora de poner en práctica todo esto se hace un nudo. Me hago una bola, no sé a dónde voy a llegar o cómo lo voy a hacer, me estanco y ya, ahí quedó todo.
Eso es lo que a veces más me frustra, más ira me da, porque incluso aparecen las comparaciones:
“¿Por qué ella sí pudo obtener esto o cambiar esto otro y yo no?”
“¿Cómo es posible que fulanita pueda lograr comprometerse con su proyecto, con su alimentación, con mejorar su aspecto, su autoestima, y a mí me cueste una teta y parte de la otra?”
Lo sé, quizá estoy tan obsesionada en conseguir todo lo que en algún momento soñé que incluso quiero todo el resultado lo antes posible, porque en mi cabeza, en mi interior, sé bien que puedo lograrlo, que tengo las herramientas para ello.
Pero es algo así como si utilizaras tijeras, bolígrafos, papeles y pegamento al mismo tiempo teniendo solo dos manos.
Pero me da terror, y ese terror me hace pensar, creer incluso que si suelto una de las muchas cosas que tengo en mis manos, ya no soy suficiente, no lo voy a lograr, como si dejar algo para después significara que estoy renunciando a ello.
Mi yo consciente sabe que no, que eso no es así, pero mi inconsciente me empuja una y otra vez a pensar que soltar o dejar para después es fracasar.
Termino teniendo una autopresión que quizá para alguien más es estúpida, pero para mí, para mí es ENOOOORMEEEE.
Y sí, sé que inicié hablando de lo automática que es mi vida desde hace mucho tiempo, pero ya ves, detrás de esa automatización hay un intento de protección de mi yo más personal, más íntimo, lleno de inseguridades y, sobre todo, una presión autoinfringida que solo hace que me paralice.
¿Acaso soy la única a la que esto le sucede?

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